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Puto día

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[A veces me sorprendo escribiendo principios de historias que no van a ningún lado pro que suelen tener muchas cosas en común. ¿No os recuerda a éste o al relato corto éste de algún modo? Supongo que me encanta escribir sobre levantarse después de un día de fiesta salvaje... otra cosa es que me guste levantarme al día siguiente de una fiesta salvaje, que va a ser que no, que cada día las resacas son peores.]

Abre los ojos. No puedo. La boca me sabe a ron barato y todo lo que puedo oler es el humo clavando sus garras en cada fibra que encuentra. Estoy desnudo. ¿Estoy en mi habitación? Abre los ojos. Sí, mira el reloj, es tu habitación. Aún es pronto.
Qué hora será. Me duele la cabeza. Tiene que haber una botella de agua por aquí abajo. No. Me levantaré al baño para beber algo y meter la cabeza en la bañera o algo así. No me vendrá mal. Y seguro que tengo algo por ahí para que me deje… Qué coño…

- Buenos días cariño.

¿Quién, cojones, es ésta…? No, no me jodas…

- Bueno, no me mires así, machote, dame un cigarro.

¿Una puta? No, igual no es una puta… Igual sólo es una furcia normal y corriente.

- ¿Y bien? No tengo todo el día.

Dale un cigarro. Gana tiempo. Recuerda los detalles. Repasa los putos detalles. Salir. Bar. Bar. ¿Taxi? No, no, no…

- No tienes muy buena cara, cariño, pero créeme que la excusa no te va a librar de pagarme lo que me debes.

Vale, puta, definitivamente. En fin, pagar y olvidar, no me queda otra.

- No, no lo sé… Oye, cariño, ¿cuál es esta dirección?
- El 123…

¿Con quién está hablando por teléfono? ¿Por qué le tengo que decir la dirección? No me gusta esto. Probablemente sea su chulo o algo así. No quiero ver a gente así llamando a la puerta de mi casa.

- ¿Dirección?
- ¿Para qué quieres saberla?
- Alguien me vendrá a buscar, no quiero ir andando al centro.

Págala un taxi. Haz algo.

- 1236 de Fuckington.

¡Eso no!

- Bien, ahora, nene, suelta la pasta y me iré tranquila.
- ¿Cuánto era?

¿Por qué duda un segundo?

- 200.
- Eso no fue en lo que quedamos ayer…

Cuela, cuela, cuela…

- Pensaba que no te acordarías, cariño. A veces soy mala. Pero me caes bien. 100.

Coló.

- Vale… no, no tengo dinero aquí, tengo que ir a sacar de algún cajero.
- ¿Estás intentando timarme? Porque nadie tima a Monique, nene, ¡nadie!
- No, te lo juro, no tengo pasta aquí… acompáñame al cajero y te lo daré, lo juro…
- Vale. O, mucho mejor, esperamos a que Rex venga a buscarme, sube aquí, te pega una paliza, y después vamos a buscar tu dinero.
- Casi…
- Igual también se lleva algo de por aquí, aunque no veo que tengas nada de valor.
- Yo preferiría evitar la paliza, por favor, acompáñame, está a un par de manzanas, te daré tu dinero y…
- Vete a por él, te espero aquí.
- No voy a dejarte sola en mi casa.
- ¿No te fías de mí? ¡Tú eres el que no quiere pagar!
- No es que no quiera, es que no tengo el dinero aquí, así que, vamos, acompáñame.

No sé si ponerse duro es una buena idea. El tal Rex fijo que tiene una pipa o una navaja oxidada… por dios que no tenga una navaja oxidada…

- Está bien. Voy a entrar a ducharme.

Bien.

- Pero como intentes algo raro, no sabes lo que te espera.
- Nada raro, lo juro.
- … Vale.

Así puede que tenga tiempo para recordar porqué he acabado con una prostituta en casa esta vez.

- Y no jures.
- Vale…

Reflexiones de un vago para otro vago

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[Este texto no está basado en hechos reales porque soy demasiado vago como para recordar cosas que me han pasado de verdad: es más fácil inventarlas.]

Ha llegado un punto de mi vida en que no trabajo porque no tenga nada que hacer, sino porque no hay nadie controlando si lo hago o no, porque, a corto plazo, no marca ninguna diferencia. Supongo que existe eso que llaman responsabilidad y que debería de impulsarme a hacerlo de todos modos, pero soy de esas personas que se mantienen en la cuerda floja entre trabajar y no hacerlo cuando tienen un trabajo que no les apasiona. E, incluso, cuando es así, el que sea una obligación, algo que hay que hacer, hace que se mitigue hasta el punto en el que se funde y se convierte en el mismo fango apestoso que cualquier otro. Sé que hay gente que dice que adora su trabajo. Y yo les creo. Creo que se lo creen, pero creo que se engañan, que no es cierto y que nadie puede adorar su trabajo porque es, eso, un trabajo. En lo más profundo de su alma, lo saben, pero es mejor, estoy de acuerdo, olvidarlo, ocultarlo, para hacer la vida mucho más llevadera. Incluso cuando el trabajo es no hacer nada, se convierte en una obligación y preferirías que alguien te mandara algo. Estoy seguro. Por desgracia, nunca he tenido uno de esos trabajos, lo que pasa es que intento convertirlos en algo parecido hasta el punto que me sea posible. En ese momento en que no haces nada, pero tu trabajo no es ése, es cuando no hacer nada es genial.

A veces me despierto media hora antes de que suene el despertador. Normalmente lo que suele pasarme es que me despierto justo antes de que suene la alarma, incluso cuando he cambiado la hora habitual y la he atrasado. Lo odio. Sé que hay gente que prefiere despertarse antes de que suene la alarma, para evitar sobresaltos, pero yo me alimento de ellos: un sobre salto cuando estoy dormido me pone a cien. Esa desagradable inyección de adrenalina, es lo que hace que pueda abandonar el confort y el calor de las sábanas y pueda adentrarme en un nuevo y miserable día. Y es que me encanta dormir. Recuerdo que alguien me dijo una vez que dormir estaba sobrevalorado y no podría estar más en desacuerdo, porque creo que es lo mejor del mundo. Me alegro de que un tercio de mi vida lo pase durmiendo.

Cuando no tienes nada que hacer, nadie con quien quedar o nada con lo que entretenerte, es cuando ocurren las cosas más extrañas. Si estás haciendo cualquier estupidez y alguien te dice que levantes tu vago trasero y hagas tal o cual cosa, luchas con uñas y dientes para que no ocurra. Sin embargo, aburrido y sin nada que hacer, es cuando se te ocurre hacer esas cosas por ti mismo, incluso hasta levantarte del sofá o la cama y salir de casa. Cosas que pasan. También ocurre que hay ciertas cosas que nunca se hacen, hasta que lo que realmente tienes que hacer, es una peor alternativa. En ese momento, hay cosas que parecen mejores de lo que serían en otras circunstancias. Recuerdo, por ejemplo, cuando era estudiante y tenía que preparar los exámenes. En aquellos breves periodos de estudio, era cuando mi casa estaba más limpia y ordenada, cuando no había nada que fregar o frotar. Sin embargo, cuando no hay nada más que hacer, la limpieza resulta algo que se rechaza, algo curioso teniendo en cuenta lo que nos gusta que todo esté limpio después.

En mi vocabulario, la palabra “procrastinar” no entró hasta que ya era un hombre hecho y derecho. Sin embargo, era algo que llevaba haciendo desde que nací, peleándome con el refrán popular, y ciertamente bastante acertado, de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Para mí, mañana siempre era un día mucho mejor que hoy, y teniendo en cuenta que, al día siguiente, aquel mañana se convertía en un hoy, el asunto era, siguiendo con los refranes, como “la pescadilla que se muerde la cola”.

Hay una cosa para la que hay gente que parece tener un don especial. Admito que no es nada sencillo y que yo lo he practicado, como más o menos éxito, pero que me gustaría ser un experto. Hablo, por supuesto, del arte de “hacer como que haces algo”, imprescindible para la supervivencia del trabajador actual. Es algo complejo y que depende mucho del puesto de cada uno, pero siempre hay una forma de sacarlo adelante. Recuerdo que un amigo me contó que para que pareciera que hacían algo, cuando llegaba el supervisor siempre hablaban con él con las manos a la espalda, porque si las cruzaban por delante, se convertía en una realidad explícita que abofeteaba al encargado el hecho de que allí nadie estaba pegando un palo al agua. Si al final una se convierte en alguien que tenga una cierta habilidad en la materia, será capaz de pasar ciertos periodos del día descansando la vista, las piernas o lo que toque. Si, por ejemplo, trabajan con un ordenador, procuren buscarse uno en el que la pantalla sea cosa suya, es decir, que nadie más tenga acceso visual a lo que está usted haciendo. De este modo, puede fingir estar escribiendo algo del trabajo cuando en realidad está haciendo cualquier otra cosa, como jugar al solitario, navegar por Internet o escribir sus memorias.

Microrrelatos (II)

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Éste es otro microrrelato de la misma época que el anterior pero, esta vez, creo que no sé si se llega a entender muy bien la intención que tenía al escribirlo... Ya me dirán.

BIZARRE EXCUSES

Sólo era un árbol que le hablaba, nada más. Algo que contar al día siguiente o algo imposible de recordar, sin término medio. “¿Dónde estoy?”, le preguntó. Pero no le respondía. “Te he oído hablar, responde”, le suplicó. “No quiero pensar que me estoy volviendo loco”. Pero no le respondía. Cayó al suelo rendido, mirando al suelo, sumiso, mareando las hojas del suelo con sus manos. De pronto, su mano se cerró y exprimió las hojas caídas, mientras lanzaba el puño contra el árbol. “¡Háblame, te he oído!”. Pero no le respondía. Se apretó la mano entre los muslos para amortiguar el dolor, mientras cerraba los ojos y se retorcía. La mano sangraba y le dolía en una sinfonía lacónica de ensayo y error que nunca se escucha lo suficiente. Entonces, abrió los ojos y le miró de nuevo, enfadado. “Si no quieres decir nada, tendré que obligarte”, dijo amenazante. “Vamos, di algo”. Pero no le respondía. Escudriñó entre sus bolsillos en busca de algo afilado y encontró una navaja suiza, de esas que dudas que tengan algo que corte de verdad. Pero era suficiente. La sacó lentamente y se la enseñó. “Me estás obligando a esto”. Palpó con los dedos buscando la herramienta apropiada para la ocasión y no tardó en aparecer. Cortaba y, con eso, bastaba. “No hay porqué seguir adelante, sólo háblame”. Pero no le respondía. Se lanzó contra el árbol, hundiendo la navaja en su corteza. “¿Te gusta? Seguro que no, háblame y pararé”. Pero no le respondía. “¡Háblame!”. Entonces, siguió apuñalando la piel del tronco, sintiendo como la savia salía lentamente, humedeciendo la hoja. “Te pondré mi nombre, para que no te olvides de mí, ya que no quieres decir nada”. Primero una “D” y después el resto, lentamente, sin mucha precisión, pero con un resultado vistoso. “¿Creías que no me atrevería? Esto te pasa por no contestarme”. Se alejó unos metros, sin dejar de mirarlo directamente y, cuando había dado 10 pasos, guardó la navaja y se dio la vuelta tranquilamente. Y el árbol siguió allí, no le respondía y nunca lo iba a hacer.

P.D.: el título lo he puesto en inglés pero "Excusas bizarras", su título original, también sirve, aunque menos, a su propósito. Recuerden que "bizarro" en castellano significa "valiente", entre otras cosas, y en inglés, "bizarre" significa "extraño" o similares.

Microrrelatos (I)

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Voy a colgar pequeñas cosas que me he encontrado por el disco duro haciendo limpieza y ordenando, cosas que, bueno, más o menos viejas, más o menos buenas, tienen un cierto significado para mí. Empezaré con microrrelatos (qué mal queda la palabra así junta... me encanta).

DESPERTARES
Cuando suena la alarma es como si se quemara la nube del cielo en la que duermo con mi ángel. En ese momento nos volvemos el uno al otro, aún sin abrir los ojos que, perezosos, aún tardarán en despertar. Nos tocamos, nos abrazamos, nos sentimos, sentimos que estamos allí, juntos, aunque, por lo menos uno se tenga que marchar. Un ronroneo rodeado de lamento sale de mis labios lentamente, mezclando un “no” con un “mmm”. Pero, al final, siempre acaba llegando el momento en que se marcha, el momento en que nos besamos y sale hacia la gélida realidad de la mañana en su habitación. Apenas puedo abrir los ojos pero, con la luz del baño, es suficiente para verla marchar. Cuando se levanta la cama se llena de vacío y yo lo espanto rellenándolo, solidario, con todo mi cuerpo extendido en noventa centímetros de sueños. Doblo las rodillas, estiro las piernas y me acomodo en el colchón mientras oigo el agua de la ducha caer, como la arena de un fatídico reloj. Y cuando se termina, sé que ya falta menos para estar completamente solo. Sale de la ducha, la luz vuelve y yo me apoyo en un lado distinto del cuerpo por tercera vez en un minuto, buscando una posición que no existe en la que mis brazos no me molestan y el hombro no me duele tanto. Mientras se viste la miro con los ojos un poco más abiertos pero con el mismo sueño de las siete y media y espero a que vaya a desayunar para volver a cerrarlos por completo. Son cinco minutos, puede que un poco más, pero vuelvo a caer de lleno en los brazos de Morfeo, completamente. Así, cuando vuelve y se sienta en la cama, me sobresalto y me estremezco dentro de mi refugio.
- ¿Te habías vuelto a dormir, eh?
- ¿Yo?, qué va…
Sentada me dice lo que le depara el día y creo que lo oigo todo, porque la escucho, lo juro, pero un par de horas después, sus palabras suenan como un sueño dentro de otro.
Cuando llega la hora, nos despedimos con buenos deseos por mi parte y envidia por la suya. Y no me extraña. Al cerrar la puerta mis párpados parecen unidos por bisagras iguales y se tornan con un portazo. Después me acomodo y echo de menos su cuerpo junto al mío mientras bostezo. Parece imposible que me vuelva a volver a dormir, pero ya hay otra alarma esperándome a mí más tarde, para hacerme caer definitivamente al suelo de la realidad. Me doy un par de vueltas más usando el colchón como muelle y dejo que mi boca abierta lo diga todo contra la almohada. Va a ser un duro despertar.

La mangosta

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Dos hombres viajaban en el mismo compartimento del tren. No se conocen. Da la casualidad de que viajan juntos. Uno de ellos tiene en su regazo una caja de cartón con agujeros en la tapa. Después de un rato pensando en lo que puede haber en la caja de su compañero de viaje, el otro hombre no puede contener su curiosidad.
Dice: “Perdone, pero no he podido evitar fijarme en su caja. ¿Es que lleva alguna especie de animal?”
El otro hombre, aunque obviamente sorprendido por la impertinente intrusión de un extraño, sonrió educadamente al responder: “Tiene toda la razón. Ciertamente hay un animal en esta caja, y más aún, debo añadir que el animal en cuestión es una mangosta.”
El primer hombre que había preguntado se quedó atónito ante la revelación. Agitado por la sorpresa, busca explicación a la provocativa confidencia de su compañero de viaje.
“¿Una mangosta? Señor, debo confesarle que esperaba que fuese un gato, o un conejo, pero no una criatura tan exótica y excepcional. El animal que menciona excita tanto mi curiosidad que debo rogarle, señor, que me cuente más. ¿A dónde se dirige con ese espécimen, si puedo preguntárselo?”
El otro hombre, el que sostenía la caja sobre sus rodillas, suspiró al replicar. “Bueno”, dijo, “es un asunto personal, ya que concierne a una tragedia familiar. Sin embargo, como sé que puedo confiar en su discreción, no me importa compartir mi relato desgraciado con usted.”
“Verá”, continúa el hombre, “esta lamentable historia habla de mi hermano mayor. Siempre ha sido lo que supongo que se llamaría la oveja negra de mi familia. Durante muchos años se ha dado a los más vulgares y comunes de los vicios, de los cuales el peor es su afición por las bebidas alcohólicas. Su alcoholismo ha llegado al punto de los últimos estertores del delirium tremens. Ahora mi hermano ve serpientes por todas partes, y ese es el motivo de que le lleve la mangosta, para que se deshaga de ellas.”
“Perdone”, interrumpe el otro hombre, confuso, “pero esas serpientes que ve su hermano... ¿No son imaginarias?”
“Cierto”, replica su compañero de viaje, “pero esta...” y señala elocuentemente la caja agujereada que tiene en su regazo... “es una mangosta imaginaria”.
Vía El Blog Ausente, que lo sacó de un número de Promethea de Alan Moore. Parece que esta es una fábula que gustaba contar Aleister Crowley, escritor, filósofo y zumbado inglés, un poco como Moore.

El 7 para mí y en el mundo

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El 7 es mi número preferido, así que hoy es un gran día.
El 7 empecé a salir con mi novia (hoy hace 81 meses... no sé porqué seguimos midiéndolo así... y en Octubre hacemos 7 años), cuyo número preferido también es el 7.
Hoy es el cumpleaños de dos amigos míos.

Al parecer, el 7 es un número de esos que coinciden en varias cosas de la historia o de la religión, haciendo que les envuelva un cierto halo de misterio y de atractivo (noticia original):
EL 7 EN LA BIBLIA

Son múltiples las alusiones religiosas de este número en la Biblia donde está mencionado en 735 ocasiones. Desde los 7 pecados capitales, pasando por los 7 sacramentos y las 7 frases de Jesús en la cruz, hasta los 7 reyes que gobernaron simultáneamente Roma en sus inicios, las 7 peticiones al Padre Nuestro y las 7 plagas. Un número presente en la Biblia, pero sin el tinte cabalístico.

LOS 7 ENANITOS

Doc, Dormilón, Estornudón, Tímido, Feliz, Tintín y Gruñón son los personajes que acompañan a Blancanieves en uno de los cuentos infantiles más conocidos en el mundo. La versión más popular es la de los hermanos Grimm y la de la película de dibujos animados de Disney. Fue el primer largometraje de dibujos animados rodado en Technicolor.

LOS 7 COLORES

Pese a que el arco iris muestra un espectro continuo de color, se aceptan como 7 los colores que lo conforman: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo y violeta. Este fenómeno óptico y meteorológico produce la aparición de un espectro de luz continuo en el cielo cuando los rayos del sol atraviesan pequeñas partículas de humedad contenidas en la atmósfera terrestre.

LOS 7 DÍAS

Son 7 los días de la semana y fueron estos mismos días los empleados por Dios para crear el universo. Domingo, día del Señor; lunes, de la Luna y el trabajo; martes, de Marte, dios de la guerra; miércoles, de Mercurio, dios del comercio y los viajeros; jueves, de Júpiter, dios del cielo y la luz; viernes, de Venus, diosa del amor, y sábado, día de descanso y diversión.

LAS 7 NOTAS MUSICALES

Do Re Mi Fa Sol La Si, según el sistema de notación musical latina, y C D E F G A B, según el sistema inglés. Una nota es un concepto musical que considera la frecuencia de la onda que se genera, o presión acústica que el oído interpreta como un sonido, afinado a un cierto tono o frecuencia constante. Una nota puede definirse según la convención musical o mediante la expresión de su frecuencia.

LAS 7 MARAVILLAS

Son las obras arquitectónicas que a partir de hoy tendrán la consideración de 7 Maravillas del mundo moderno. Cerca de 2.200 años después de que surgiera la lista original de los grandes monumentos clásicos, más de 90 millones de votos, emitidos de forma espontánea a través de Internet o de mensajes telefónicos, eligieron las obras humanas que sustentan este título.

EL FABULOSO 7

No en vano este es el número favorito en las máquinas de los casinos y las mesas de juego. El 7 es, por tradición, el número de la buena suerte y el que invocan todos los que quieren ganarle la partida al destino. Aunque los numerólogos no le ven esas virtudes, sí lo consideran cabalístico. Los pitagóricos, por ejemplo lo llamaban número sagrado al ser la suma del 4 y el 3 (de la suerte y la perfección).

Recuperando unos relatos cortos

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Por la mañana todo olía a gusanitos aplastados empapados en alcohol. Desde luego, no hacía falta sacar la bolsa de serrín para esparcirlo por el suelo, aunque quizás sí para rellenarme la cabeza con algo. Por más que lo pensaba, no caía en cómo había podido ser tan idiota y, como cuanto más pensaba más me dolía todo, me decidí a no pensar demasiado.
Cada paso que daba por la casa crecía un poco más y sentía menos las plantas de los pies, lo cual estaba bien, porque no sé qué cosas habría esparcidas por el parqué. Los cigarros se amontonaban en los ceniceros como cadáveres fusilados y los vasos a medio llenar dormían en cada rincón, incluso en el más inesperado. Esto de hacer fiestas en casa se va a acabar...
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-¿Fue aquí, verdad?
- Sí.
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La recordaba de otras noches. No sabía como se llamaba pero supongo que no importaba demasiado, porque nuestra relación se restringía no a lo intelectual, precisamente.
Era delgada y no muy alta pero a mí me conseguía llevar muy, muy alto y no con mucho esfuerzo. Era como una droga: sin apenas proponérselo te destrozaba cuando no estaba.
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Probablemente era pedir demasiado pero supongo que no podía hacer nada más que pedir. Entonces, me agarré las piernas dobladas con los brazos y me puse a llorar, así de simple.
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Ni tan siquiera tuvo tiempo de mentirme diciendo que pronto estaría aquí de nuevo, junto a mí. Simplemente se marchó y me dejó solo, sólo que no lo estaba y nunca volvió.

Me estás leyendo el pensamiento (I)

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- Me estás leyendo el pensamiento, me dijo mientras me miraba con sus enormes ojos azules.

- Qué cosas tienes, le respondí yo, como quitándole importancia a lo ocurrido.

Hacía tiempo que podía hacerlo y cada vez era más fácil que no se me notara que las frases más tópicas sobre las coincidencias eran literales cuando se trataba de mí. Al principio no era fácil. Recuerdo que, hace ya tiempo, se me notaba en la cara un gesto de sorpresa cuando ocurría. Eso nunca me servía de mucho, porque daba una sensación extraña, como de hacer real algo que, en realidad, nunca pensaban que lo fuera. Con el paso del tiempo, el gesto se fue amortiguando y, al final, era un imperceptible suspiro, un parpadeo o un simple estornudo lo que mi cuerpo tenía que expulsar a cambio de dejarme actuar.

Tengo que reconocer que, moralmente e incluso personalmente, al principio todo parecía estar lleno de desventajas porque, tengo que reconocerlo, a veces saber lo que piensa la gente no es nada agradable. A veces es mejor ignorarlo y seguir usando las normas sociales habituales, que sirven para hacer como que uno no sabe lo que realmente piensa alguien y seguir adelante con la conversación. Y es que no hace falta tener ningún don para saberlo. En ocasiones, las personas son como libros abiertos aunque, eso sí, tengo que reconocerlo, no puedo evitar leer su mente para ver si había acertado de verdad, es superior a mí: tengo que hacerlo porque puedo, aunque no lo necesite.

En cualquier caso, no lo uso con todo el mundo, me volvería loco, sólo con la gente con la que me interesa o, simplemente, con la gente que hablo. Muchas veces el poder hacerlo no hace que actúe de forma distinta, porque no estaría bien visto, pero por lo menos hago las cosas sabiendo lo que hay, sabiendo la verdad. Eso sí, hay que tener cuidado cuando uno se encuentra con alguien que también puede hacerlo, porque puede ser muy doloroso. Aún recuerdo mi primera vez como si fuera ayer.

Continuará...

La chica del bosque (II)

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Llevaba horas caminando por el bosque, ya que no tenía sentido correr, cuando llegué a un claro por el que pasaba un riachuelo. Me agaché y metí la mano en su interior para beber. El agua estaba fría pero la necesitaba, necesitaba de su abrazo y de su frío en mi interior. Me lavé la cara con violencia y me qué mirando a mi propio reflejo en el agua, que se agitaba bruscamente por mi intervención.
Cuando me puse en pie y miré al frente volví a verla. Estaba sobre una roca, mirándome. Ya no miraba al cielo, me miraba a mí. Me acerqué muy despacio, sin hacer ningún movimiento que pudiera hacer que volviera a salir corriendo y, cuando estaba lo suficientemente cerca de ella como para oler que estaba allí, me detuve y la hablé lentamente.

- Hola. -le dije- ¿Porqué has salido corriendo antes? No voy a hacerte daño... -iba a seguir hablando pero me interrumpió-.

- No está aquí -dijo muy seria-.

Me quedé paralizado por sus ojos. Me miraban relajados y casi tristes, pero podía sentir la violencia en aquella belleza, la ira en su rostro impasible y perfecto.

- No, no sé de qué me hablas. -le repliqué- ¿Quién no está aquí?

- No está aquí -repitió de nuevo-.

- Oye, yo... no sé de qué hablas, estaba...

- ¡No está aquí! -gritó tan fuerte que todo su cuerpo tembló al hacerlo e hizo que yo también me estremeciera- Éste no es su sitio.

- Pero... -no pude terminar. Cuando me di cuenta, ya no estaba allí, otra vez, y estaba solo ante una piedra que se bañaba en un hilo de agua cristalina.

Todo era muy raro y mi tiempo se acababa demasiado rápido como para comprender cuál era la realidad. Tenía cosas que hacer y, si bien la primera vez sabía dónde había encontrado a la chica, ahora no estaba muy seguro de dónde estaba. Tras horas corriendo entre árboles, todo lo que me quedaba encima era cansancio. Ni siquiera tenía mi mapa ni la brújula. ¿Qué podía hacer?

La chica del bosque (I)

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Era en un claro del bosque donde el río atravesaba el cielo reflejado mientras la chica miraba hacia arriba buscando lo que tenía a los pies. Parecía pensativa y cansada, pero no frustrada, por mirar y no encontrar nada en aquel mosaico de nubes muertas.

Me acerqué lentamente, como si fuera un animalillo al que no quería asustar, y me quedé mirándola. De pronto, una rama se partió bajo mis pies y todo el silencio murió con ella. La mirada de la chica permaneció en alto unos segundos y comenzó a bajar lentamente a la vez que iba girando sus ojos hacia mí. Nos quedamos mirando unos instantes hasta que, de repente, una bandada de pájaros decidió emprender el vuelo a mi espalda. Me sobresalté y volví la cabeza para ver qué ocurría pero, cuando los pájaros terminaron de remontar el vuelo, nada más ocurrió. Cuando regresé a mi posición anterior, la chica ya no estaba. Miré al rededor buscándola pero no hubo suerte. Entonces, avancé hacia el río y bebí algo de agua para refrescarme, tomé aliento, y me dirigí de nuevo hacia el bosque. Mi viaje no se completó ya que, justo antes de cruzar la línea que daba comienzo al bosque, vi a la chica a la derecha, apoyada en un árbol.

- ¡Oye!, no te vayas, quiero hablar contigo... - dije. Pero, antes de que pudiera seguir, salió corriendo por el bosque. - ¡Eh, espérame!, quiero preguntarte... - a la mitad de la frase ya estaba corriendo detrás de ella y no podía gritar por el cansancio, mis palabras se ahogaban en mi agitada respiración y mi corazón palpitaba a toda velocidad.

Me esperaba...

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... en el cuarto de baño. Su mirada estaba perdida y su mente en otro sitio. No sabía que había pasado pero sabía que había pasado algo. Acababa de llegar del trabajo y no esperaba encontrarla allí. Me gustaba la idea de que estuviera, pero me disgustaba no saber porqué no estaba en trabajando en el hospital, como siempre.

- ¿Cómo así estás en casa? - Le dije. Pero ella seguía mirando al suelo, con sus ojos en un lugar lejano, con la cabeza apoyada en el marco de la puerta y sin decir nada.

- ¿Cariño? - Insistí pero, viendo que no respondía, dejé el maletín en el suelo, me acerqué y me agaché a su lado - ¿Cariño? - repetí, esta vez tocando su brazo - Cariño, ¿qué pasa? ¿Ocurre algo?

El aire pesaba demasiado y me aplastaba hacia ella. Le puse la mano en el hombro y, súbitamente, movió su cabeza con un giro de cuello que llevó sus ojos a los míos. El instante fue eterno, infinito. De pronto, advertí que sus ojos cambiaban, se metamorfoseaban: Una fina capa de líquido empezaba a cubrir toda su superficie y, cuando todo iba a desbordarse, se desbordó.
Me abrazó llorando durante demasiado tiempo. No podía abrir la boca por algo opresor. Ella tampoco. Cuando ya no había más que vomitar, las puertas se cerraron para nosotros y nos quedamos solos y en silencio, sin nada más que nosotros mirando a la alfombra.

- No quiero morir. - Y eso fue suficiente para que yo quisiera estar muerto.