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Empatía animal

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Imagina que estás de picnic con 4 amigos. Te encuentras en el medio del monte, sin nadie en kilómetros alrededor. Bosques, ríos, zonas de arbustos... El paisaje es maravilloso, el clima es agradable. Todo es estupendo.

De repente, tus 4 amigos se convierten en los 4 jinetes del Apocalipsis. Muerte, Hambre, Peste1 y Guerra, cabalgan a lomos de sus caballos esqueléticos con crines de fuego. El sonido que irrumpe desde el cielo te ensordece, la temperatura aumenta y el miedo te invade.

Ahora, sólo tienes una opción: correr y esconderte, acurrucarte detrás de algún arbusto dentro del bosque rezando tembloroso porque no te encuentren, porque no seas tú el siguiente. El miedo aumenta cuando los oyes cabalgar a tu lado, barriendo el suelo a su paso.


¿Te lo imaginas? Pues así se siente mi gato cuando pasas el aspirador, se puede ver en sus ojos, en su postura, en el absoluto terror que respira cada uno de los pelos que cae por estrés. Es muy bonito, pero da mucha pena verlo así. Pero bueno, para compensarle (ya que el aspirador lo tengo que pasar igual), cuando termino le doy algo especial para que tenga una asociación positiva con la actividad. Eso sí, sospecho que nunca, nunca, dejará de temer que ese ruido infernal sea el del su final.

1: A mí me gusta más esto de Peste, pero parece que este jinete originalmente era el de la Victoria (en inglés suena más apropiado "Conquest").

P.D.: Intenté meterlo en un Tweet, pero imposible :P

Eso sí que no

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La mitad de los platos del armario tenían muescas que dejaban ver lo que se supone que tiene que permanecer escondido. A veces los cogía tapando las imperfecciones con el dedo, como si estuviese mostrando el plato a alguien sin soltarlo y aquella estrategia fuera la táctica de encubrimiento definitiva. Pero nunca había nadie allí. La casa a veces estaba limpia y la basura no se acumulaba en la terraza, creando un maravilloso laberinto en el que los gatos disfrutaban corretear. Otras veces, el sonido de sus pasos por el pasillo, destruía todo elemento de sorpresa, con pequeñas piedras restregándose con afecto contra el parqué, y si alguien llamaba a la puerta, empujaba bolas de polvo lejos con soplidos desesperados. A simple vista, la escoba parecía no ser capaz de cumplir sus funciones, y la fregona tan rígida que era muy posible que se pudiera romper como un témpano de hielo contra el asfalto. Las cajas de pizza tenían su propio horario y marcaban que había llegado su hora asomando, apiladas, por la ventana. “Ya nos queremos marchar”, parecían susurrar con un cierto punto de tristeza. Aunque nada de aquello le molestaba demasiado, ni siquiera sacar sus zapatos de debajo de la cama luchando con la fauna del lugar, no. Tampoco que los rayos de sol que a veces tocaban sus cristales quisieran llamar la atención sobre las manchas que danzaban proyectando sombras chinescas. Lo único que realmente le molestaba era que quien limpiaba el pasillo frente a su puerta, parecía empeñado en no hacerlo bajo su felpudo. Si algún día volvía a escuchar sus herramientas de tortura otro lunes por la mañana, puede que reuniera fuerzas y saliese a llamarle la atención: parecía creer que no se iba a dar cuenta y, eso, no lo podía permitir.

Borradores

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Es curioso, me pasa lo mismo en Freak´s City, cuando le das a ver qué borradores tienes por ahí perdidos y piensas que no vas a encontrar nada... pero te encuentras algo. Si escribo esto es porque me ha hecho gracia ver qué borradores tenía en este blog. Concretamente, tenía 3 posts preparados para ser publicados. Miento, tenía tres ideas de posts, están sin acabar o sin empezar, y son de hace casi 3 años. La leche. Os los enseño, que aquí no tenemos secretos (y tampoco los leería casi nadie), y a estas alturas ya no los voy a continuar:


1. Lo sé, lo dejo todo a medias, y en este caso, se ve que hasta quería seguir... pero bueno, yo soy así, todo a trozos, a ráfagas "de genialidad" :P

Me estás leyendo el pensamiento (II)

1ª Parte

Era un día cualquiera. Y cuando digo un día cualquiera, me refiero a que era un día de mierda, un día como todos, pero como todos los malos que estaba teniendo últimamente. Salía de casa para ir a comprar el pan, cuando me di cuenta de que me había olvidado el dinero en casa, por lo que subí de nuevo. En el ascensor, coincidí con una vecina.
- Hola.
- Hola.
La charla con un vecino en el ascensor era como cháchara con resorte que salía al cruzar un espacio cerrado con cualquiera, carente de todo sentido e intimidad. Pero eso estaba a punto de cambiar. Mientras subíamos, la vecina no me dijo nada en absoluto y, cuando llegamos a su piso, nos despedimos. En ese momento yo escuché algo. "Ya era hora de que llegáramos".
- ¿Perdone, qué ha dicho?
- Nada, no he dicho nada.
- Vale, vale, pensaba...
- No he dicho nada.
- De acuerdo.
Todo esto, sin dejar de sujetar la puerta del ascensor para que no sé cerrara. No lo sabía, pero esa fue la primera vez que le leía la mente a alguien.


2. Parece ser que me pareció interesante un artículo y, puesto que ya había hablado de ello otra vez (de hecho, dos), pues nada, iba a volver a repetir (sí, lo único que tenía hecho era copiar la dirección del artículo :P).

El mito de la monogamia

http://www.eduardpunset.es/blog/?p=158


3. Este post no tenía título puesto (en estos casos, suelo ponerlo al final), y veo que quería expresar algo, no sé a santo de qué o de quién, pero ahí queda ese medio, o ni medio, poema.

- Sin Título -

Se me mojan los labios de sólo pensar que voy a estar contigo
Me crepita el alma de sólo pensar que vas a ser mi abrigo
Ven, acércate, escucha lo que te digo
No puedo pasar otro día sin ser más que un amigo.

Le canto al aire mis ansias y mis deseos

Autonotas

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A veces te das cuenta de que alguien es especial para ti de repente. Eso me ocurrió a mí en la extraña noche de enero en que me desperté en mitad de lo que debía ser mi descanso normal. Y digo extraña no porque nada de lo que pasara fuera especial, sino porque no fue habitual para mí: No todos los días te desvelas y, mirando al techo te dices, "se acabó, es hora de cambiar". Es como si alguno de los misteriosos mecanismos que funcionan en mi mente, girara sobre sí mismo una vez más, el siguiente engranaje se diera cuenta de que era su turno para dar una vuelta más. Y no era como otras veces que había pensado en cambiar mi vida por completo, sino que esta vez sentía que de verdad iba a ocurrir. No tenía ninguna certeza y me proponía abandonar toda mi seguridad actual sólo por una sensación, profunda, pero una sensación al fin y al cabo. Y mientras me embargaba el sentimiento de que algo importante me acababa de pasar, una parte de mí, de mi yo anterior, que aún existía dentro de mi alma, gritaba que me fuera a dormir y dejara aquello, que la sensación pasaría. Y sus palabras rebotaban contra paredes de una cueva profunda, atenuándose en cada choque y formando un eco fantasmagórico, pero seguía siendo algo en lo que podía confiar, de algún modo, ya que así lo había sido durante el resto de mi vida. Y escuché lo que me decía, pero según se cerraban mis ojos, no pude evitar que todo lo que había experimentado tuviera algún efecto, agarré una hoja de papel y garabateé una nota para mí mismo, un recordatorio. Y caí profundamente dormido. No soñé más aquella noche, sólo dormí. Cuando desperté por la mañana, todo lo que había sentido por la noche estaba recubierto de esa fina pero uniforme capa que sólo puede encontrarse en los sueños, y lo hacía parecer algo irreal. Entonces, según me levantaba, miré la hoja de papel que había en la mesilla, leí lo que allí estaba escrito: todo lo que había sentido volvió a mí en un suspiro y no pude sino meterme en la ducha pensando en que algo, de verdad, había cambiado.

Puto día

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[A veces me sorprendo escribiendo principios de historias que no van a ningún lado pro que suelen tener muchas cosas en común. ¿No os recuerda a éste o al relato corto éste de algún modo? Supongo que me encanta escribir sobre levantarse después de un día de fiesta salvaje... otra cosa es que me guste levantarme al día siguiente de una fiesta salvaje, que va a ser que no, que cada día las resacas son peores.]

Abre los ojos. No puedo. La boca me sabe a ron barato y todo lo que puedo oler es el humo clavando sus garras en cada fibra que encuentra. Estoy desnudo. ¿Estoy en mi habitación? Abre los ojos. Sí, mira el reloj, es tu habitación. Aún es pronto.
Qué hora será. Me duele la cabeza. Tiene que haber una botella de agua por aquí abajo. No. Me levantaré al baño para beber algo y meter la cabeza en la bañera o algo así. No me vendrá mal. Y seguro que tengo algo por ahí para que me deje… Qué coño…

- Buenos días cariño.

¿Quién, cojones, es ésta…? No, no me jodas…

- Bueno, no me mires así, machote, dame un cigarro.

¿Una puta? No, igual no es una puta… Igual sólo es una furcia normal y corriente.

- ¿Y bien? No tengo todo el día.

Dale un cigarro. Gana tiempo. Recuerda los detalles. Repasa los putos detalles. Salir. Bar. Bar. ¿Taxi? No, no, no…

- No tienes muy buena cara, cariño, pero créeme que la excusa no te va a librar de pagarme lo que me debes.

Vale, puta, definitivamente. En fin, pagar y olvidar, no me queda otra.

- No, no lo sé… Oye, cariño, ¿cuál es esta dirección?
- El 123…

¿Con quién está hablando por teléfono? ¿Por qué le tengo que decir la dirección? No me gusta esto. Probablemente sea su chulo o algo así. No quiero ver a gente así llamando a la puerta de mi casa.

- ¿Dirección?
- ¿Para qué quieres saberla?
- Alguien me vendrá a buscar, no quiero ir andando al centro.

Págala un taxi. Haz algo.

- 1236 de Fuckington.

¡Eso no!

- Bien, ahora, nene, suelta la pasta y me iré tranquila.
- ¿Cuánto era?

¿Por qué duda un segundo?

- 200.
- Eso no fue en lo que quedamos ayer…

Cuela, cuela, cuela…

- Pensaba que no te acordarías, cariño. A veces soy mala. Pero me caes bien. 100.

Coló.

- Vale… no, no tengo dinero aquí, tengo que ir a sacar de algún cajero.
- ¿Estás intentando timarme? Porque nadie tima a Monique, nene, ¡nadie!
- No, te lo juro, no tengo pasta aquí… acompáñame al cajero y te lo daré, lo juro…
- Vale. O, mucho mejor, esperamos a que Rex venga a buscarme, sube aquí, te pega una paliza, y después vamos a buscar tu dinero.
- Casi…
- Igual también se lleva algo de por aquí, aunque no veo que tengas nada de valor.
- Yo preferiría evitar la paliza, por favor, acompáñame, está a un par de manzanas, te daré tu dinero y…
- Vete a por él, te espero aquí.
- No voy a dejarte sola en mi casa.
- ¿No te fías de mí? ¡Tú eres el que no quiere pagar!
- No es que no quiera, es que no tengo el dinero aquí, así que, vamos, acompáñame.

No sé si ponerse duro es una buena idea. El tal Rex fijo que tiene una pipa o una navaja oxidada… por dios que no tenga una navaja oxidada…

- Está bien. Voy a entrar a ducharme.

Bien.

- Pero como intentes algo raro, no sabes lo que te espera.
- Nada raro, lo juro.
- … Vale.

Así puede que tenga tiempo para recordar porqué he acabado con una prostituta en casa esta vez.

- Y no jures.
- Vale…

Reflexiones de un vago para otro vago

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[Este texto no está basado en hechos reales porque soy demasiado vago como para recordar cosas que me han pasado de verdad: es más fácil inventarlas.]

Ha llegado un punto de mi vida en que no trabajo porque no tenga nada que hacer, sino porque no hay nadie controlando si lo hago o no, porque, a corto plazo, no marca ninguna diferencia. Supongo que existe eso que llaman responsabilidad y que debería de impulsarme a hacerlo de todos modos, pero soy de esas personas que se mantienen en la cuerda floja entre trabajar y no hacerlo cuando tienen un trabajo que no les apasiona. E, incluso, cuando es así, el que sea una obligación, algo que hay que hacer, hace que se mitigue hasta el punto en el que se funde y se convierte en el mismo fango apestoso que cualquier otro. Sé que hay gente que dice que adora su trabajo. Y yo les creo. Creo que se lo creen, pero creo que se engañan, que no es cierto y que nadie puede adorar su trabajo porque es, eso, un trabajo. En lo más profundo de su alma, lo saben, pero es mejor, estoy de acuerdo, olvidarlo, ocultarlo, para hacer la vida mucho más llevadera. Incluso cuando el trabajo es no hacer nada, se convierte en una obligación y preferirías que alguien te mandara algo. Estoy seguro. Por desgracia, nunca he tenido uno de esos trabajos, lo que pasa es que intento convertirlos en algo parecido hasta el punto que me sea posible. En ese momento en que no haces nada, pero tu trabajo no es ése, es cuando no hacer nada es genial.

A veces me despierto media hora antes de que suene el despertador. Normalmente lo que suele pasarme es que me despierto justo antes de que suene la alarma, incluso cuando he cambiado la hora habitual y la he atrasado. Lo odio. Sé que hay gente que prefiere despertarse antes de que suene la alarma, para evitar sobresaltos, pero yo me alimento de ellos: un sobre salto cuando estoy dormido me pone a cien. Esa desagradable inyección de adrenalina, es lo que hace que pueda abandonar el confort y el calor de las sábanas y pueda adentrarme en un nuevo y miserable día. Y es que me encanta dormir. Recuerdo que alguien me dijo una vez que dormir estaba sobrevalorado y no podría estar más en desacuerdo, porque creo que es lo mejor del mundo. Me alegro de que un tercio de mi vida lo pase durmiendo.

Cuando no tienes nada que hacer, nadie con quien quedar o nada con lo que entretenerte, es cuando ocurren las cosas más extrañas. Si estás haciendo cualquier estupidez y alguien te dice que levantes tu vago trasero y hagas tal o cual cosa, luchas con uñas y dientes para que no ocurra. Sin embargo, aburrido y sin nada que hacer, es cuando se te ocurre hacer esas cosas por ti mismo, incluso hasta levantarte del sofá o la cama y salir de casa. Cosas que pasan. También ocurre que hay ciertas cosas que nunca se hacen, hasta que lo que realmente tienes que hacer, es una peor alternativa. En ese momento, hay cosas que parecen mejores de lo que serían en otras circunstancias. Recuerdo, por ejemplo, cuando era estudiante y tenía que preparar los exámenes. En aquellos breves periodos de estudio, era cuando mi casa estaba más limpia y ordenada, cuando no había nada que fregar o frotar. Sin embargo, cuando no hay nada más que hacer, la limpieza resulta algo que se rechaza, algo curioso teniendo en cuenta lo que nos gusta que todo esté limpio después.

En mi vocabulario, la palabra “procrastinar” no entró hasta que ya era un hombre hecho y derecho. Sin embargo, era algo que llevaba haciendo desde que nací, peleándome con el refrán popular, y ciertamente bastante acertado, de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Para mí, mañana siempre era un día mucho mejor que hoy, y teniendo en cuenta que, al día siguiente, aquel mañana se convertía en un hoy, el asunto era, siguiendo con los refranes, como “la pescadilla que se muerde la cola”.

Hay una cosa para la que hay gente que parece tener un don especial. Admito que no es nada sencillo y que yo lo he practicado, como más o menos éxito, pero que me gustaría ser un experto. Hablo, por supuesto, del arte de “hacer como que haces algo”, imprescindible para la supervivencia del trabajador actual. Es algo complejo y que depende mucho del puesto de cada uno, pero siempre hay una forma de sacarlo adelante. Recuerdo que un amigo me contó que para que pareciera que hacían algo, cuando llegaba el supervisor siempre hablaban con él con las manos a la espalda, porque si las cruzaban por delante, se convertía en una realidad explícita que abofeteaba al encargado el hecho de que allí nadie estaba pegando un palo al agua. Si al final una se convierte en alguien que tenga una cierta habilidad en la materia, será capaz de pasar ciertos periodos del día descansando la vista, las piernas o lo que toque. Si, por ejemplo, trabajan con un ordenador, procuren buscarse uno en el que la pantalla sea cosa suya, es decir, que nadie más tenga acceso visual a lo que está usted haciendo. De este modo, puede fingir estar escribiendo algo del trabajo cuando en realidad está haciendo cualquier otra cosa, como jugar al solitario, navegar por Internet o escribir sus memorias.

Otra persona que me guste más

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Curiosa cita que te hace pensar, sobre todo teniendo en cuenta que leer Alicia en el país de las maravillas siempre te hace buscarle dobles significados y sentidos a cada frase y situación. En cualquier caso, la vi en algún lado (no recuerdo dónde) y me gustó, especialmente la frase que reproduzco bajo la captura:


(...) "a ver, ¿quién soy?" "Decidme eso primero y luego, si me gusta serlo, subiré, y si no, me quedaré aquí abajo hasta que sea otra persona que me guste más..." (...)

Caminos cruzados

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Me he despertado esta mañana con este relato en la cabeza y con ideas para continuarlo. Para que no me tocara mucho los huevos, lo he sacado rápidamente. No es que sea bueno, ni decente, ni malo, ni nada, es algo que me ha salido, muy extrañamente, así que es muy directo, visceral, sin correcciones (ni de estilo, ni formales, ni ná), pero me da la sensación de que puedo sacar algo de ahí y ya lo tengo medio pensado. Aquí os lo dejo y ya me diréis:

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¿Tienes fuego?
Sí, pero tira un poco mal.
El joven rebuscó entre sus bolsillos y sacó un encendedor pequeño de color verde que a duras penas lograba sacar una leve llama azulada.
Da igual, pon las manos… - mientras terminaba la frase, él ya había entendido por dónde iba y entre ambos consiguieron prender el cigarro. Ella dio una calada fuerte y se apoyó otra vez en el coche.
¿Tienes…?
Sí - sacó otro del paquete y lo prendió con el suyo -, toma.
Ambos dieron un par de caladas mirando a la carretera y, después de unos segundos, él hizo el ademán de empezar una conversación, pero terminó mirando hacia las nubes que se movían rápido por el cielo.
Dada la situación, casi prefiero que hablemos de algo – dijo ella y ambos sonrieron.
Te iba a preguntar que a dónde ibais.
¿Y bien? – respondió arqueando una ceja. Él soltó una pequeña carcajada mirando al suelo y tosió.
Vale, ¿a dónde ibais?
A León - Él se empezó a reír, torció la cabeza en otra dirección y volvió a mirarla.
¿Por aquí? Pero si por aquí se va a…
¿No me digas? No seas malo, que nos hemos equivocado.
Eso seguro – y empezó a reírse.
¡Serás cabrón! – le dio una palmada en el brazo, como de castigo cómplice.
Lo siento… lo siento, jo, es que es un desvío de la ostia – dejó de reírse y dio otra calada -. En fin…
Sí… - ambos se miraron un segundo y después buscaron otra cosa que hacer, él estirarse mientras bostezaba y ella mirar el móvil de su bolso.
¿Cuánto crees que ha pasado desde que empezaron? – le preguntó ella, y él se puso a mirar al cielo y a pretender escribir en una pizarra hecha de aire mientras decía frases sin sentido con la esperanza de arrancarle a su compañera una sonrisa.
Por la posición del sol… según el vuelo del mirlo… dividido entre la velocidad del viento… - lo consiguió - ¿media hora?
Ella frunció el ceño y se puso la mano que tenía libre en la cadera.
¿Tan mal te lo pasas conmigo?
No, en serio, no tengo ni idea – primero se preocupó por haberla ofendido, pero después asumió que no se lo habría tomado como una broma. Lo que era cierto es que no tenía ni idea del tiempo que había pasado. No tenían prisa, y en su situación actual, veía su conversación con la joven como una especie de burbuja ajena al espacio y el tiempo.
Diez minutos.
¿En serio?
Once ahora mismo.
Bueno, no se puede decir que fuera sólo un calentón, ¿no? – ambos rieron, ella tiró el cigarro al suelo y lo pisó.
¿Te jode mucho? – dijo ella cambiando su cara por una más seria, pero no menos atractiva para él.
¿El qué?
La situación – él también la cambió.
¿Y eso?
¿Y bien?
Pues hombre, ¿tú qué crees?
Nada, por eso te pregunto – es se dio cuenta, una vez más, de que ella no cedía mucho en las conversaciones de las que pretendía sacar algo.
Pues, eso, pues un poco.
¿Un poco?
Me refiero a que no me gusta estar aquí esperando… quiero decir, que no me importaría haber hecho lo mismo contigo, supongo… - empezaba a no conectar bien las frases en su mente y sabía que estaba dando vueltas a ideas sin decir las cosas claras para que ella completara en su mente y le detuviera, pero no parecía dispuesta a frenarle en su caída – sabes, suponiendo que hubieras querido… pero que lo mismo da, que no tiene sentido hablar de eso.
Te has puesto rojo – en cierto sentido, a él le dio la sensación de que ella estaba disfrutando. En cierto sentido, era completamente cierto.
¡Qué va! – ella rió.
En ese momento, su móvil empezó a sonar, lo sacó del bolso, miró quién le llamaba y le miró. Él ya sabía quién era, pero no dijo nada.
Hola, cari… - se alejó del coche mientras le hacía gestos de que le disculpara y él le señaló al bolso, pidiendo un cigarro de consolación – Sí … no, espera un segundo. Toma, guárdamelo – le acercó el bolso y se acercó a la cuneta para seguir la conversación.
Él intentó encenderse el cigarro y al final cogió la colilla humeante que ella había dejado atrás, encendió su cigarro y se apoyó en el coche. La miró a ella, tapándose con una mano la oreja izquierda para oír mejor. Miró hacia la izquierda, buscando el coche que habían dejado más apartado entre los primeros árboles de un pinar. Lo encontró, bamboleándose, no muy lejos. De hecho, pensaba, nunca sería demasiado lejos, así que retiró la vista, sacó su propio móvil y miró la hora, pero para cuando el teléfono había vuelto al bolsillo, ya se le había olvidado, así que repitió la operación y se aseguró de recordar que habían pasado 16 minutos desde que habían empezado. Hacía media hora, él y su amigo, se habían parado a descansar de su viaje y las conocieron. La verdad es que no estaba seguro de cómo se le podía a alguien hacer este tipo de cosas, pero una vez que la lanzada no le había escogido y la comprometida no tenía planes de quebrar sus imaginarios votos, la idea no le parecía tan alocada.
Vio cómo ella se quitaba la mano de la oreja y bajaba el móvil mientras caminaba otra vez hacia él.
Perdona…
Faltaría – le devolvió el bolso y miró al suelo de nuevo. Después de un segundo, volvió a mirarla y ella le estaba pidiendo el cigarro para encenderse el suyo. Cuando lo hizo, la miró y habló. – Entonces, ¿cómo te llamas? Vamos, para presentarnos correctamente.
A buenas horas – sonrió – Laura, ¿y tú?
David – se quedaron un segundo parados, sin hacer nada, como si estuvieran asimilando información importante -. Bueno, encantado – se acercó para darle dos besos y ella hizo lo mismo.
Ella volvió a mirar el móvil.
¿Crees que ha llegado ya el momento en que fijen estar follando pero no lo hacen, sólo están haciendo tiempo para tocarnos los huevos?
No te diré yo que no… ¿vosotras tampoco tenéis prisa?
Si la teníamos, ya no la tenemos – tiró el cigarro, dejó el bolso un momento sobre el coche y se colocó el pelo. Él la miraba y no es que no disfrutara.
¿Vamos a ver qué hacen?
¿En serio? – puso cara de no estar muy convencido.
Que sí, vamos, que fijo que ya nos están vacilando.
¿Y si no? – ella le miró a los ojos, desvió la mirada hacia un lado y le volvió a mirar.
Pues les cortamos el rollo… a no ser que seas un vuoyer o cómo se diga – él se rió y vio la oportunidad de intentar jugar a ser ella.
¿Tú eres?
En esto no me ganas… pero me da igual que no me respondas, no tienes pinta – él puso cara de incredulidad.
¿Ah, sí? ¿Y qué pinta tienen?
Yo que sé… ¿tú crees que tengo pinta de sadomaso?
¿Qué? – ella se sonrió.
Me refiero a que no sé cómo son, no creo que sean distintos, es la sensación.
Y qué sensación te doy, ¿buena?
Mala no, ¿y yo a ti?
Mala no - se rió y ella le volvió a dar en el brazo. Él hizo el gesto de que le había dolido el golpe, pero lo cierto es que más le gustaba el contacto que le dolía.
No vale repetir respuesta de mierda, búscate otra.
Siguieron riendo y compartiendo sus miradas hasta que un sonido terminó con el momento. El coche alejado, arrancó y se acercó hasta ellos, deteniéndose junto al que les había servido de apoyo la última media hora. De él bajaron dos jóvenes, con cara satisfecha, sonrientes.
Ya era hora – dijo él.
¡Eso, maja! – ella se unió a su reprimenda – ¡que ya no sabíamos qué hacer!
Haber hecho lo que nosotros – contestó la chica, que se quedó apoyada en el techo del coche con la puerta por la que había salido abierta.
Ya sabes…
Ya, que sí, vamos – le señaló el coche – que ya va siendo hora de irse.
El chico se había acercado a su compañero tras bajar del coche y con todo tipo de gestos dejó claro que su sacrificio no había sido en vano y después habló.
De todos modos, a tu amiga le habías dejado lo malo – comenzó a reírse mientras su amigo ponía cara de disgusto mezclada con una pizca de pasotismo.
Será que tiene mala vista – la otra chica cerró la puerta y le señaló.
¡Pero qué dirás, tengo muy buena vista! – agarró a su amiga por la cintura y continuó hablando mirándola directamente – Yo le había dejado a ella el que era más de su tipo, a mí me daba igual cualquiera.
Todos se rieron menos el chico que cambió su cara de satisfacción por una de sorpresa y después por una de indiferencia.
El caso es que yo he pillado – y comenzó a reírse mientras abría la puerta del conductor del coche que llevaba parado un tiempo – y nosotros tendremos que irnos también, digo yo.
Él se acercó a ella para despedirse.
Bueno, Laura, un placer…
No tanto como el de ellos – pareció completarle la frase y ambos sonrieron. Después se dieron dos besos y se quedaron un segundo parados hasta que él habló.
Por cierto, toma mi número de móvil.
¿Para?
Ya sabes, por si necesitáis indicaciones – sonrió.
Ja ja ja, me parto – parecía no haber encajado bien la broma, pero en el fondo no le importaba.
Pues eso… - sus palabras se interrumpieron por pitidos que venían de ambos coches y él hizo un gesto de calma mientras descartaba de su mente un “¡Pero vamos!”. Ella se acercó por última vez y le habló al oído.
Por cierto, sí hubiera querido – y se metió en el coche con su compañera. En el breve camino, miró hacia atrás buscándole y él sonrió y se sonrojó. Cuando se marcharon, agitando su mano en despedida, él soltó un suspiro.
¿Vienes o qué?
Qué sí, coño, pesado, ya voy.
Se metió en el coche, arrancaron y, mientras esperaban a incorporarse a la autovía, sintió vibrar el bolsillo de su pantalón. Por lo menos, algo había conseguido.

P.D.: igual rellenando y metiendo más diálogo aquí y allá, podría quedar como un corto guapo. Pero yo qué sabré. Además, tengo la ventaja de haberlo imaginado en mi mente.

Microrrelatos (III)

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Esta vez, más que un microrrelato, es otro de los principios de historia más o menos larga que tengo a medias. Eso sí, muchos de éstos principios casi parecen pequeños relatos en sí mismos y son curiosos, así que seguiré poniendo más, aunque sólo sea para que me los relea y conozca un poco más mi yo pasado. El que toca hoy, que creo que se llamaba o se iba a llamar "Desastre animal", me parece que es más reciente que los últimos que he puesto. A por él:
Nada de aquello tenía porqué haber pasado y, aún así, sentía como si no me importara nada, como si ni siquiera hubiera sido suficiente.
Me levanté de la cama y encendí un cigarro con la lámpara. La noche había sido larga se había fundido con el día y los mecheros con él. La marca negra en la bombilla decía déjalo, pero el dolor en mi pecho aconsejaba, contra toda la lógica, el abandonarse a los placeres más estúpidos. De camino al baño me la sujetaba para no tener que echar la ropa a la lavadora. Dejé el cigarro en la pila y apoyé la mano derecha en la pared mientras miraba hacia abajo y limpiaba a presión restos de algo que no sabía bien qué era.
El teléfono empezó a sonar demasiado alto y cogí sólo para que dejara de sonar.
- ¿Sí?
- Buenos días. Qué, ¿resaca? - era una mujer, pero no la conocía.
- ¿Quién coño...?
- Ya veo que sí. No importa, te llamaba para que no te olvidaras de habíamos quedado, porque, te habías olvidado, ¿verdad? - iba a decir que estaba cada vez más confuso, pero más o menos estaba igual que cuando me había despertado.
- Pero qué...
- Pues eso, te espero en una hora.
Una hora. Eso no es tiempo suficiente para llegar a ser una persona, pero tampoco importaba, porque no sabía donde tenía que ir, así que simplemente iba a quedarme tirado en la cama viendo alguna película que no me exigiera demasiado.
Por alguna razón, creo que por curiosidad, miré en las notas del móvil. Siempre apunto ahí cosas para que no se me olviden. En la última había una dirección y una hora, así que me metí en la ducha, me apliqué una medicina sin igual y me vestí con lo primero que vi. No quería ponerme nada especial porque me imaginaba que me mandaría a paseo en breve y era una tontería ensuciar más ropa con el alcohol que transpiraba a litros. Me puse los cascos (no puedo andar por la calle solo sin música, me aburren los sonidos de la calle), cerré la puerta y me marché.
Cuando llevaba esperando 10 minutos y la llamada se había convertido ya en una broma sin gracia, volví a mirar la nota, para ver si estaba en el lugar correcto. Como lo estaba, miré a mi alrededor y y me dispuse a irme. En ese momento alguien se acercó a mí mientras aprovechaba una esquina para encender un cigarro aunque el viento no era el problema.
- ¿Quieres fuego? - sin duda era la mujer con la había conversado antes, aunque quizás lo de conversar sea demasiado benévolo.
- Eh, sí, gracias. - ante todo, amabilidad. Mi madre me enseñó bien eso, bueno y también a coger todo lo que sea gratis.
- ¿Qué pasa, no te acuerdas de mí? - no sé si lo preguntó por mi cara o porque la miraba esperando algo en vez de hacerlo yo.
- Pues, lo siento, pero no, no me acuerdo. - quizás la verdad me llevara esta vez a casa y a una deliciosa tarde perdida.
- Bueno, no importa mucho, pero podrías haberte puesto algo más elegante – dijo señalando con acertado desprecio mi ropa -, ya te dije que ésto era importante.
- Perdona, lo siento otra vez, pero ¿de qué hablas? ¿Qué es importante?
- La reunión, tonto. En fin, vamos, el coche está esperando en aquella esquina.
Me agarró de la muñeca y me llevó hacia una limusina que había aparcada cerca mientras daba otra calada. Podría haberla detenido y haber exigido más pero supongo que sí soy demasiado amable, es decir, idiota.
Un hombre abrió la puerta de atrás y nos invitó a subir.
- Las damas primero.
Ella me sonrió. Su boca era preciosa. Quiero decir, puede que no fuera todo natural pero, a decir verdad, aprecio cuando se hacen bien las cosas.
Nunca había estado dentro de una limusina, que yo recuerde y me impresionó el espacio.
- Perdona, yo...
- ¿Sí?
- ¿Te importa si me pongo ahí? - dije señalando el asiento donde ella se había sentado.
- ¿Por qué?
- Es que yendo hacia atrás me mareo y, sinceramente, no estoy en posición de aguantar ahora mismo. No he desayudado y ayer...
- No. - mientras la palabras salía de su boca, su sonrisa se desvanecía.
Por la misma puerta que yo, entró un hombre mayor. A decir verdad, parecía muy mayor pero, al mismo tiempo, daba la sensación de que no iba a morir nunca.
- Vamos, querida, cambiale el asiento.
- Pero...
- No nos gusta ser maleducados con nuestros invitados. - empequeñeció como un trozo de plástico quemándose. La verdad es que aquello también olía mal.
Se levantó y cambió el sitio conmigo. Ella se sentó más a la izquierda, en frente, y el hombre se puso delante mío. Después, golpeó un par de veces el cristal que nos separaba del conductor y el coche arrancó.

Microrrelatos (II)

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Éste es otro microrrelato de la misma época que el anterior pero, esta vez, creo que no sé si se llega a entender muy bien la intención que tenía al escribirlo... Ya me dirán.

BIZARRE EXCUSES

Sólo era un árbol que le hablaba, nada más. Algo que contar al día siguiente o algo imposible de recordar, sin término medio. “¿Dónde estoy?”, le preguntó. Pero no le respondía. “Te he oído hablar, responde”, le suplicó. “No quiero pensar que me estoy volviendo loco”. Pero no le respondía. Cayó al suelo rendido, mirando al suelo, sumiso, mareando las hojas del suelo con sus manos. De pronto, su mano se cerró y exprimió las hojas caídas, mientras lanzaba el puño contra el árbol. “¡Háblame, te he oído!”. Pero no le respondía. Se apretó la mano entre los muslos para amortiguar el dolor, mientras cerraba los ojos y se retorcía. La mano sangraba y le dolía en una sinfonía lacónica de ensayo y error que nunca se escucha lo suficiente. Entonces, abrió los ojos y le miró de nuevo, enfadado. “Si no quieres decir nada, tendré que obligarte”, dijo amenazante. “Vamos, di algo”. Pero no le respondía. Escudriñó entre sus bolsillos en busca de algo afilado y encontró una navaja suiza, de esas que dudas que tengan algo que corte de verdad. Pero era suficiente. La sacó lentamente y se la enseñó. “Me estás obligando a esto”. Palpó con los dedos buscando la herramienta apropiada para la ocasión y no tardó en aparecer. Cortaba y, con eso, bastaba. “No hay porqué seguir adelante, sólo háblame”. Pero no le respondía. Se lanzó contra el árbol, hundiendo la navaja en su corteza. “¿Te gusta? Seguro que no, háblame y pararé”. Pero no le respondía. “¡Háblame!”. Entonces, siguió apuñalando la piel del tronco, sintiendo como la savia salía lentamente, humedeciendo la hoja. “Te pondré mi nombre, para que no te olvides de mí, ya que no quieres decir nada”. Primero una “D” y después el resto, lentamente, sin mucha precisión, pero con un resultado vistoso. “¿Creías que no me atrevería? Esto te pasa por no contestarme”. Se alejó unos metros, sin dejar de mirarlo directamente y, cuando había dado 10 pasos, guardó la navaja y se dio la vuelta tranquilamente. Y el árbol siguió allí, no le respondía y nunca lo iba a hacer.

P.D.: el título lo he puesto en inglés pero "Excusas bizarras", su título original, también sirve, aunque menos, a su propósito. Recuerden que "bizarro" en castellano significa "valiente", entre otras cosas, y en inglés, "bizarre" significa "extraño" o similares.

Microrrelatos (I)

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Voy a colgar pequeñas cosas que me he encontrado por el disco duro haciendo limpieza y ordenando, cosas que, bueno, más o menos viejas, más o menos buenas, tienen un cierto significado para mí. Empezaré con microrrelatos (qué mal queda la palabra así junta... me encanta).

DESPERTARES
Cuando suena la alarma es como si se quemara la nube del cielo en la que duermo con mi ángel. En ese momento nos volvemos el uno al otro, aún sin abrir los ojos que, perezosos, aún tardarán en despertar. Nos tocamos, nos abrazamos, nos sentimos, sentimos que estamos allí, juntos, aunque, por lo menos uno se tenga que marchar. Un ronroneo rodeado de lamento sale de mis labios lentamente, mezclando un “no” con un “mmm”. Pero, al final, siempre acaba llegando el momento en que se marcha, el momento en que nos besamos y sale hacia la gélida realidad de la mañana en su habitación. Apenas puedo abrir los ojos pero, con la luz del baño, es suficiente para verla marchar. Cuando se levanta la cama se llena de vacío y yo lo espanto rellenándolo, solidario, con todo mi cuerpo extendido en noventa centímetros de sueños. Doblo las rodillas, estiro las piernas y me acomodo en el colchón mientras oigo el agua de la ducha caer, como la arena de un fatídico reloj. Y cuando se termina, sé que ya falta menos para estar completamente solo. Sale de la ducha, la luz vuelve y yo me apoyo en un lado distinto del cuerpo por tercera vez en un minuto, buscando una posición que no existe en la que mis brazos no me molestan y el hombro no me duele tanto. Mientras se viste la miro con los ojos un poco más abiertos pero con el mismo sueño de las siete y media y espero a que vaya a desayunar para volver a cerrarlos por completo. Son cinco minutos, puede que un poco más, pero vuelvo a caer de lleno en los brazos de Morfeo, completamente. Así, cuando vuelve y se sienta en la cama, me sobresalto y me estremezco dentro de mi refugio.
- ¿Te habías vuelto a dormir, eh?
- ¿Yo?, qué va…
Sentada me dice lo que le depara el día y creo que lo oigo todo, porque la escucho, lo juro, pero un par de horas después, sus palabras suenan como un sueño dentro de otro.
Cuando llega la hora, nos despedimos con buenos deseos por mi parte y envidia por la suya. Y no me extraña. Al cerrar la puerta mis párpados parecen unidos por bisagras iguales y se tornan con un portazo. Después me acomodo y echo de menos su cuerpo junto al mío mientras bostezo. Parece imposible que me vuelva a volver a dormir, pero ya hay otra alarma esperándome a mí más tarde, para hacerme caer definitivamente al suelo de la realidad. Me doy un par de vueltas más usando el colchón como muelle y dejo que mi boca abierta lo diga todo contra la almohada. Va a ser un duro despertar.

Narrar

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Narrar es como jugar al póquer: todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad.
Ricardo Piglia

Lo curioso del caso es que, a un servidor de ustedes, le encanta jugar al póquer y narrar, pero es igual de malo en ambas cosas, porque como le gusta hacerlo, cree que sabe hacerlo. Craso error que nadie debería de cometer pero que muchos cometen.
La diferencia entre ambas cosas es que narrar es mucho más orgánico que jugar al póquer, juego en el que ganan los que saben usar las matemáticas, las probabilidades, no los que tienen suerte (bueno, eso nunca es algo malo, pero hay que saber jugar con lo que te dan, como en el mus). Y ahí esta la otra cosa en la que se parecen el póquer y la narración, en que ninguno de los dos es sólo cuestión de suerte, y menos aún incluso que en el póquer tiene que ver la suerte en la narración, donde no hay que dejar nada suelto y sujeto al azar.

Recuperando unos relatos cortos

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Por la mañana todo olía a gusanitos aplastados empapados en alcohol. Desde luego, no hacía falta sacar la bolsa de serrín para esparcirlo por el suelo, aunque quizás sí para rellenarme la cabeza con algo. Por más que lo pensaba, no caía en cómo había podido ser tan idiota y, como cuanto más pensaba más me dolía todo, me decidí a no pensar demasiado.
Cada paso que daba por la casa crecía un poco más y sentía menos las plantas de los pies, lo cual estaba bien, porque no sé qué cosas habría esparcidas por el parqué. Los cigarros se amontonaban en los ceniceros como cadáveres fusilados y los vasos a medio llenar dormían en cada rincón, incluso en el más inesperado. Esto de hacer fiestas en casa se va a acabar...
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-¿Fue aquí, verdad?
- Sí.
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La recordaba de otras noches. No sabía como se llamaba pero supongo que no importaba demasiado, porque nuestra relación se restringía no a lo intelectual, precisamente.
Era delgada y no muy alta pero a mí me conseguía llevar muy, muy alto y no con mucho esfuerzo. Era como una droga: sin apenas proponérselo te destrozaba cuando no estaba.
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Probablemente era pedir demasiado pero supongo que no podía hacer nada más que pedir. Entonces, me agarré las piernas dobladas con los brazos y me puse a llorar, así de simple.
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Ni tan siquiera tuvo tiempo de mentirme diciendo que pronto estaría aquí de nuevo, junto a mí. Simplemente se marchó y me dejó solo, sólo que no lo estaba y nunca volvió.

Me estás leyendo el pensamiento (I)

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- Me estás leyendo el pensamiento, me dijo mientras me miraba con sus enormes ojos azules.

- Qué cosas tienes, le respondí yo, como quitándole importancia a lo ocurrido.

Hacía tiempo que podía hacerlo y cada vez era más fácil que no se me notara que las frases más tópicas sobre las coincidencias eran literales cuando se trataba de mí. Al principio no era fácil. Recuerdo que, hace ya tiempo, se me notaba en la cara un gesto de sorpresa cuando ocurría. Eso nunca me servía de mucho, porque daba una sensación extraña, como de hacer real algo que, en realidad, nunca pensaban que lo fuera. Con el paso del tiempo, el gesto se fue amortiguando y, al final, era un imperceptible suspiro, un parpadeo o un simple estornudo lo que mi cuerpo tenía que expulsar a cambio de dejarme actuar.

Tengo que reconocer que, moralmente e incluso personalmente, al principio todo parecía estar lleno de desventajas porque, tengo que reconocerlo, a veces saber lo que piensa la gente no es nada agradable. A veces es mejor ignorarlo y seguir usando las normas sociales habituales, que sirven para hacer como que uno no sabe lo que realmente piensa alguien y seguir adelante con la conversación. Y es que no hace falta tener ningún don para saberlo. En ocasiones, las personas son como libros abiertos aunque, eso sí, tengo que reconocerlo, no puedo evitar leer su mente para ver si había acertado de verdad, es superior a mí: tengo que hacerlo porque puedo, aunque no lo necesite.

En cualquier caso, no lo uso con todo el mundo, me volvería loco, sólo con la gente con la que me interesa o, simplemente, con la gente que hablo. Muchas veces el poder hacerlo no hace que actúe de forma distinta, porque no estaría bien visto, pero por lo menos hago las cosas sabiendo lo que hay, sabiendo la verdad. Eso sí, hay que tener cuidado cuando uno se encuentra con alguien que también puede hacerlo, porque puede ser muy doloroso. Aún recuerdo mi primera vez como si fuera ayer.

Continuará...

La chica del bosque (II)

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Llevaba horas caminando por el bosque, ya que no tenía sentido correr, cuando llegué a un claro por el que pasaba un riachuelo. Me agaché y metí la mano en su interior para beber. El agua estaba fría pero la necesitaba, necesitaba de su abrazo y de su frío en mi interior. Me lavé la cara con violencia y me qué mirando a mi propio reflejo en el agua, que se agitaba bruscamente por mi intervención.
Cuando me puse en pie y miré al frente volví a verla. Estaba sobre una roca, mirándome. Ya no miraba al cielo, me miraba a mí. Me acerqué muy despacio, sin hacer ningún movimiento que pudiera hacer que volviera a salir corriendo y, cuando estaba lo suficientemente cerca de ella como para oler que estaba allí, me detuve y la hablé lentamente.

- Hola. -le dije- ¿Porqué has salido corriendo antes? No voy a hacerte daño... -iba a seguir hablando pero me interrumpió-.

- No está aquí -dijo muy seria-.

Me quedé paralizado por sus ojos. Me miraban relajados y casi tristes, pero podía sentir la violencia en aquella belleza, la ira en su rostro impasible y perfecto.

- No, no sé de qué me hablas. -le repliqué- ¿Quién no está aquí?

- No está aquí -repitió de nuevo-.

- Oye, yo... no sé de qué hablas, estaba...

- ¡No está aquí! -gritó tan fuerte que todo su cuerpo tembló al hacerlo e hizo que yo también me estremeciera- Éste no es su sitio.

- Pero... -no pude terminar. Cuando me di cuenta, ya no estaba allí, otra vez, y estaba solo ante una piedra que se bañaba en un hilo de agua cristalina.

Todo era muy raro y mi tiempo se acababa demasiado rápido como para comprender cuál era la realidad. Tenía cosas que hacer y, si bien la primera vez sabía dónde había encontrado a la chica, ahora no estaba muy seguro de dónde estaba. Tras horas corriendo entre árboles, todo lo que me quedaba encima era cansancio. Ni siquiera tenía mi mapa ni la brújula. ¿Qué podía hacer?

La chica del bosque (I)

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Era en un claro del bosque donde el río atravesaba el cielo reflejado mientras la chica miraba hacia arriba buscando lo que tenía a los pies. Parecía pensativa y cansada, pero no frustrada, por mirar y no encontrar nada en aquel mosaico de nubes muertas.

Me acerqué lentamente, como si fuera un animalillo al que no quería asustar, y me quedé mirándola. De pronto, una rama se partió bajo mis pies y todo el silencio murió con ella. La mirada de la chica permaneció en alto unos segundos y comenzó a bajar lentamente a la vez que iba girando sus ojos hacia mí. Nos quedamos mirando unos instantes hasta que, de repente, una bandada de pájaros decidió emprender el vuelo a mi espalda. Me sobresalté y volví la cabeza para ver qué ocurría pero, cuando los pájaros terminaron de remontar el vuelo, nada más ocurrió. Cuando regresé a mi posición anterior, la chica ya no estaba. Miré al rededor buscándola pero no hubo suerte. Entonces, avancé hacia el río y bebí algo de agua para refrescarme, tomé aliento, y me dirigí de nuevo hacia el bosque. Mi viaje no se completó ya que, justo antes de cruzar la línea que daba comienzo al bosque, vi a la chica a la derecha, apoyada en un árbol.

- ¡Oye!, no te vayas, quiero hablar contigo... - dije. Pero, antes de que pudiera seguir, salió corriendo por el bosque. - ¡Eh, espérame!, quiero preguntarte... - a la mitad de la frase ya estaba corriendo detrás de ella y no podía gritar por el cansancio, mis palabras se ahogaban en mi agitada respiración y mi corazón palpitaba a toda velocidad.